Por: P. Francisco Carrera
Uno de los primeros actos del papa León XIV fue la autorización del decreto que reconoce que los misioneros Mons. Alejandro Labaka y Sor Inés Arango Velásquez ofrecieron su vida hasta la muerte en defensa de una comunidad indígena de la Amazonia ecuatoriana. Un reconocimiento largamente esperado por la Iglesia en Ecuador y Colombia y que abre el camino para
su posible canonización.
El ahora “siervo de Dios”, Alejandro Labaka nació el 19 de abril de 1920 en Beizama, un pueblo de la provincia de Guipúzcoa, en el País Vasco. Al terminar la escuela primaria en 1931, ingresó en el seminario capuchino de Alsasua. Fue ordenado sacerdote el 22 de diciembre de 1945 y, dos años después, fue a China, permaneciendo allí hasta el 4 de febrero de 1953.
En 1965, Alejandro Labaka fue enviado a una nueva misión capuchina en Ecuador y nombrado Prefecto Apostólico de Aguarico. Allí ejerció su labor misionera durante 33 años. El 4 de noviembre de 1982 fue nombrado Pro-Prefecto de Aguarico y el 2 de julio de 1984 primer Vicario Apostólico de ese vicariato.
Mons. Labaka entregó su vida a los pueblos indígenas de la selva amazónica, particularmente a los huaoranis, “para descubrir con ellos las semillas de la Palabra, escondidas en su cultura y en su vida; y por las que Dios ha mostrado su infinito amor al pueblo huaorani, dándole una oportunidad de salvación en Cristo”, como escribió en su diario.
La también “sierva de Dios” Inés Arango Velásquez nació el 6 de abril de 1937 en Medellín (Colombia). El 17 de octubre de 1954, ingresó en la Congregación de las Hermanas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia. El 9 de marzo de 1977, Inés formó parte de la primera expedición misionera de su congregación al oriente ecuatoriano, en la Prefectura Apostólica de Aguarico, donde se ocupó del hospital y al mismo tiempo de la evangelización de algunas comunidades indígenas.
En 1987, tanto Alejandro Labaka como Inés Arango formaban parte del equipo de misioneros del Vicariato Apostólico de Aguarico que trabajaban en la evangelización de los indígenas Huaorani, amenazados en su misma existencia por las poderosas compañías petroleras que codiciaban las vastas reservas de petróleo descubiertas en su territorio.
El 21 de julio de 1987 Mons. Alejandro Labaka y la hermana Inés Arango pretendieron contactar con el clan tagaeri en un intento de salvarles la vida. Las empresas petroleras amenazaban con entrar en el territorio indígena y acabar con ellos. “Si no vamos nosotros, los matan a ellos”, dijo monseñor Labaka antes de emprender su última misión. Los dos fueron alanceados y sus cuerpos se encontraron junto a una gran choza cuando el helicóptero del ejército fue a buscarlos al día siguiente.
Los dos misioneros eran muy conscientes del riesgo que asumían al tratar de contactar a un pueblo tan reacio al encuentro con el mundo exterior, pero consideraron que no podían abandonar a los Tagaeri a
su suerte aunque les costase la vida.
Así queda reflejado en la lápida que cubre sus simples sepulturas en la catedral de Coca: “Dieron su vida por los pueblos indígenas”. La muerte de Alejandro e Inés ha marcado la historia de los misioneros que viven y trabajan en ese rincón de Ecuador; son considerados como ejemplos a seguir para cada misionero que trabaja en la Amazonia por el testimonio que dieron al ofrecer su vida.
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