marzo 14, 2026
CHAD: TESTIMONIO MISIONERO

CHAD: TESTIMONIO MISIONERO

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Pienso en estas palabras mientras tengo en mis manos la lista de quienes han respondido al pedido de ayuda para completar el Centro sanitario de Kilwiti. La gracia de Dios, una vez más, se ha mostrado sobreabundante, y doy gracias a Él y a ustedes por su ayuda y apoyo.

El Señor cumple sus promesas, y sé que su mano no se acortará ni siquiera cuando llegue el momento de recompensar a «quienquiera que les dé un vaso de agua en mi nombre, porque son de Cristo».

Alguien me preguntó: “¿Cómo van los trabajos?”. Durante la temporada de lluvias las carreteras desaparecen y muchas regiones de Chad, entre ellas Kilwiti quedan inaccesibles para todos los vehículos. Es difícil hacer avanzar un proyecto así. Ahora estamos en la estación seca: el domingo regresé a Kilwiti en coche y me aseguraron que mañana se retomarán los trabajos. Esperemos.

Añado algunas “florecillas” recogidas aquí y allá, en este jardín del Señor: Me encargaron organizar una semana de formación permanente para los cohermanos más jóvenes. Eran siete, originarios de Togo, Congo, República Centroafricana, Ecuador y Chad. Estábamos en el centro de espiritualidad de la diócesis, a unos veinte kilómetros de la capital.

Una mañana recibí un mensaje en el celular de un hermano ecuatoriano: «Estoy frente al estadio: se me reventó la llanta del coche y el gato no funciona. ¿Puedes venir a ayudarme con el tuyo?» Tomé entonces el auto y me dirigí al estadio, a pocos kilómetros. Al llegar noté que alguien ya está trabajando bajo el coche. Era un desconocido que pasaba por allí, se detuvo, tomó el gato de su propio vehículo y él mismo se acostó en el suelo para levantar el coche y cambiar la llanta dañada.

A mí no me quedó otra cosa que observar, sorprendido, del gesto de aquel desconocido. Una vez terminado su trabajo, pidió un poco de agua para lavarse las manos. Le preguntamos cuánto le debíamos por el servicio. «Nada», respondió.

Añadió que era mecánico y que iba camino a la capital por un asunto. El buen samaritano, esta vez, tomó el rostro de un musulmán desconocido… El sacerdote y el levita, que venían de la oración, fueron los beneficiarios de su compasión. Durante dicha semana de formación, decidimos visitar a los detenidos en una cárcel junto con los jóvenes cohermanos.

Ya en el lugar, antes de la misa dije: «Estos jóvenes han venido hoy a rezar con ustedes. Pero no han traído ni jabón ni azúcar como regalo. Han venido con las manos vacías, porque el Evangelio de ayer decía: ‘No lleven nada para el camino: ni bastón, ni alforja, ni pan, ni monedas. Pero si alguien los recibe, quédense en su casa’. Han venido con las manos vacías, pero después de la misa estarán contentos de pasar un tiempo con ustedes.»

Y así nos dividimos en grupos para que cada uno pudiera dialogar con otros.

El hombre sentado a mi lado, en un momento, me dijo: «Padre, es cierto lo que dijo del jabón y del azúcar, porque a veces quien nos visita deja un poco de ja- bón o un poco de azúcar frente al altar… y se va. Y nosotros luego peleamos para repartirlo, olvidando así el Evangelio que acabamos de escuchar, que es lo más importante de nuestra vida.»

Un domingo, después de la misa, me reuní con los responsables de la comunidad de Kilwiti para compartir problemas, dificultades y programar el futuro. Al final de estos encuentros, normalmente llega el almuerzo, preparado por turno por las mujeres de las distintas comunidades.

El domingo anterior al encuentro se celebraba la jornada de oración por el cuidado de la creación, y durante el ofertorio, entre los dones, había una calabaza y algunas mazorcas de maíz —frutos de la Tierra que el Señor nos ha dado.

En el momento del almuerzo escuché que alguien susurró «hoy no llegó la polenta», y discretamente se fue con las mazorcas de maíz y las trajo de vuelta más tarde, asadas.

Era poca comida para todos los reunidos, pero la dejaron respetuosamente para mí y otra persona. Después me enteré de que el almuerzo con polenta y pescado estaba listo, pero la mujer que lo había preparado vivía lejos. Después de un tramo a pie, tuvo que tomar una piragua para atravesar un pantano. Lamentablemente, la piragua se volcó y el almuerzo se perdió.

Después de lo sucedido, la mujer todavía debía caminar cuatro kilómetros más entre charcos y barro para llegar. Pedí saber quién era esa mujer y cómo se llamaba. Me dijeron que se llamaba Marietta, y me propuse encontrarla para expresarle mi agradecimiento y admiración por lo que hizo.

Los pobres y los humildes siempre tienen algo que enseñarnos. Es normal que nos precedan en el Reino de Dios. Eduardo era un joven que en el año 2000 se preparaba para el bautismo en Sarh: era activo, interesado en la vida de la Iglesia, y se había inscrito en el grupo vocacional. Tenía la costumbre de recordar a sus amigos la fecha de su bautismo para que rezaran por él.

Lo volví a encontrar en la capital, Yamena, ahora, 25 años después. Es el administrador de la radio diocesana. Hace pocos días fue el aniversario de mi bautismo y le escribí a Eduardo: «Ayúdame con tu oración a dar gracias al Señor».

Me respondió: «Feliz aniversario, padre. Rezaré el rosario por usted antes de dormir…». Doy gracias a Dios por estos ejemplos que tienen el sabor del Evangelio puro, y agradezco a ustedes que se unen discretamente a esta corriente de gracia.