Por: Dra. Consuelo Vélez
Un nuevo año despierta esperanzas y de ahí salen esos buenos propósitos que esperamos realizar en los meses que vienen por delante. Unos enfatizarán en el cuidado de la salud, otros en el ejercicio físico, hay quienes se propondrán realizar estudios o conseguir un mejor trabajo. En ese mismo horizonte, convendría despertar esperanzas de una vivencia de fe más honda y un compromiso más fuerte con esa fe que decimos profesar.
A nivel sociopolítico, al menos en Colombia, tendremos elecciones y esto supone una gran responsabilidad. Nuestra fe no es ajena a la dimensión social y, por eso, se nos pide una conciencia lúcida y crítica para tomar las mejores decisiones. ¿Qué criterios tener para decidir por quién votar? Propondría que retomáramos la última Exhortación del papa León XIV, DILEXI TE (2025) que señala fundamentos muy claros y contundentes para actuar en coherencia con nuestra fe. Vale la pena leerla y querer entenderla a fondo. Brevemente, recordemos aquí que este documento afirma, sin ambigüedades, que “el amor a los pobres representa la prueba tangible de la autenticidad del amor a Dios” (DT n. 26). Además, toda la exhortación reafirma la opción por los pobres porque el Dios del Antiguo Testamento, es amigo y liberador de los pobres, los escucha e interviene para liberarlos (DT n. 17) y Jesús es el Mesías de los pobres y para los pobres (DT n. 19). Esto sin dejar de señalar que los Padres de la Iglesia fueron contundentes con sus palabras: “no dar a los pobres es robarles, es defraudarles la vida, porque lo que poseemos les pertenece” (Crisóstomo) (DT n. 42) o “lo que no das al pobre no es tuyo, es suyo” (Agustín) (DT n. 43).
Es importante recordar que la exhortación Dilexi te no solo invita a este compromiso sociopolítico vivido por cada fiel, sino que pide a toda la Iglesia “participar en su obra de liberación, como instrumentos para la difusión de su amor” (DT n. 2). “Si (la Iglesia) quiere ser de Cristo, debe ser la Iglesia de las Bienaventuranzas, una Iglesia que hace espacio a los pequeños y camina pobre con los pobres, un lugar en el que los pobres tienen un sitio privilegiado” (DT n. 21). Según el testimonio de los Padres, la Iglesia aparece como madre de los pobres, lugar de acogida y justicia (n. 39) La misión de la Iglesia, cuando es fiel a su Señor, es siempre proclamar la liberación (DT n. 61). La parábola del Buen Samaritano (Lc 10, 25-37) hace una invitación muy clara: “Ve y procede tú de la misma manera” (DT n. 107).
Ahora bien, lo anterior, ¿en qué sentido nos puede orientar en el compromiso sociopolítico de nuestra fe? En que nuestras decisiones deben partir de una reflexión crítica sobre los programas que ofrecen los candidatos (no sobre la simpatía o antipatía que nos provoquen), buscando que estos programas no sigan “una economía que mata” (n. 92), es decir una economía que solo se preocupa por las ganancias, sin ningún cuidado de la creación, sino unas directrices que garantice la vida de todos y todas, comenzando por los más pobres. No encontraremos un programa político “perfecto” ni que responda a todas nuestras expectativas, pero sí encontraremos programas que se inclinen, como nuestro Dios lo hace, por todo aquello que sea más favorable para la dimensión social de nuestros pueblos, cuidando de los más débiles, los más pobres, los más necesitados.

Pero nuestra tarea no es solo a nivel sociopolítico. También nos debe preocupar la renovación eclesial. El esfuerzo que desde 2021 estamos haciendo por una Iglesia sinodal, debe comprometernos en este año que comienza. Como decía el papa Francisco, “el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia para el tercer milenio” y esto solo será posible si nos disponemos a una conversión de “relaciones, procesos y vínculos”, como lo señaló el Documento Final del Sínodo (2024) y que el papa Francisco consideró magisterio pontificio.
Conversión de relaciones implica que se viva la igualdad fundamental de todos los miembros del Pueblo de Dios también en las Iglesias locales. La conversión de procesos supone que la organización, planeación y desarrollo de actividades pastorales cuenten con las iniciativas y decisiones de todos los fieles. Y la conversión de vínculos nos invita a desclericalizar la Iglesia, lo que supone no solo que los clérigos vivan su ministerio como servicio y no como poder, sino también que el laicado se relacione con el clero respetando su servicio, pero no creyendo que los ministros ordenados son más que cualquier bautizado en la Iglesia. La mayor dignidad es la del bautismo y de este participamos todos los miembros de la Iglesia.
En definitiva, muchas tareas tenemos por delante y todas importantes e imprescindibles. Además, sería bueno acelerar el paso de las reformas eclesiales, testimoniar la fe en las reformas sociales, no decaer en el sueño de Dios, de un mundo donde habite la justicia y se construya la paz porque en tiempos donde se juega la credibilidad de la Iglesia y el valor de la fe, solo testimonios claros pueden detener el éxodo de tantos fieles de la Iglesia y hacer posible una renovación de la vida eclesial.
