abril 28, 2026
Vocación misionera. Un capítulo de Mateo

Vocación misionera. Un capítulo de Mateo

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Mundo Negro / Por P. José Barranco Ramírez, mccj

En el mundo misionero es conocido por dar vida a los documentales de televisión Vida Misionera, que a partir de los años 90 podían verse en decenas de televisiones locales de España, Ecuador y muchos otros países de América Latina. Para hacerlos realidad, no dudó en cargar con su pesada cámara de video y recorrer muchos países en cuatro continentes.

En estas líneas, a través de un estilo muy sencillo y cercano, nos habla de su proceso vocacional y nos ofrece algunas pinceladas de sus muchos años de vida misionera.

Provengo de una familia pobre. Aunque no nos sobraba nada, tampoco nos faltaba la comida porque vivíamos en el campo, no lejos de la ciudad de Jaén (España), donde teníamos un pedazo de tierra en el que sembrar hortalizas y frutales. Gracias al trabajo agrícola teníamos para comer y para vender, por lo que mis padres ganaban lo suficiente para comprarnos ropa, zapatos y llevarnos a la escuela. Con el tiempo, tuvimos nuestra propia casa en Jaén. En este contexto creció mi vocación misionera que, como casi todas, comenzó por la preocupación por los empobrecidos. Siempre me llamó la atención la gente humilde y marginada. Aunque mi ciudad es pequeña, había personas que sufrían y eso me generaba pena y dolor.

Mis padres no iban demasiado a la iglesia. Cuando estábamos en el campo, la parroquia quedaba un poco lejos, pero cuando nos instalamos en la ciudad tampoco solían ir. Para recibir la primera comunión me prepararon en el colegio. Aunque era público, impartían clase de Religión y catequesis.

La vida parroquial
Siendo adolescente comencé a conocer un poquito mejor las cosas de Dios y traté de integrarme en un grupo parroquial. Los sacerdotes me acogieron muy bien y yo me sentía a gusto, hasta el punto de que, a veces, invitaba a otros compañeros a venir conmigo a la iglesia.


Una vez llevé a cuatro o cinco amigos y propuse a mi párroco iniciar un grupo para meditar la Palabra de Dios. El sacerdote se sorprendió, pero sintió mucha alegría. Me dijo que sí. Más adelante, mi párroco invitó a participar en el grupo a dos seminaristas que nos ayudaron a fomentar nuestra religiosidad. Lamentablemente, los dos chicos dejarían más tarde el seminario. Sin embargo, en aquel tiempo sus testimonios me ayudaron mucho. Recuerdo que uno de ellos me invitó a meditar sobre el capítulo 10 del evangelio de Mateo, algo que fue clave para mí. Aquel pasaje es una invitación a la Misión, a salir al encuentro de las ovejas descarriadas del pueblo de Israel, a curar a los enfermos y a resucitar a los muertos. Creo que en ese texto sentí por primera vez una invitación clara a ser misionero.

Seguí frecuentando el grupo de mi parroquia y adquirí la costumbre de confesarme cada 15 días. Además, me propuse para formar parte del grupo de lectorado y leer los textos bíblicos durante las misas dominicales. También comprendí la importancia de la oración personal. A lo largo del trayecto entre mi casa y el colegio pasaba cerca de varias iglesias, por lo que en muchas ocasiones entraba para tener allí un pequeño momento de oración.

Dos visitas y una revista
Otro hecho importante en mi camino vocacional tuvo lugar cuando tenía 14 años. Pasó por mi colegio el misionero comboniano italiano P. Danilo Cimitan para hablarnos de las misiones. Fue él quien me suscribió a MUNDO NEGRO, que recibí de forma gratuita durante varios años. La revista incluía varias campañas como «Pasar los mares» o «La obra del Redentor» para ayudar a las misiones y yo intentaba enviar lo poquito que podía. La visita de otro misionero comboniano, del que no recuerdo el nombre, para hablarnos también de las misiones, contribuyó a alimentar mi deseo de ser misionero.

En MUNDO NEGRO se hablaba de la situación de los pobres en África y yo me sentía interpelado por aquel mensaje. Por el momento intentaba ayudar a los más necesitados de mi ciudad y a los ancianos del asilo, a los que visitábamos mis amigos y yo. Allí intentábamos divertirlos un poco cantando y bailando con ellos. Otro aspecto interesante de la revista eran los artículos vocacionales y los testimonios misioneros, que no dejaban de interpelarme.

La decisión
Ser misionero y ayudar a los más necesitados estaba muy bien, pero había que tomar una decisión y yo tenía miedo. ¿Sería capaz de sacar adelante los estudios? Además, mis padres no querían que fuera misionero. Eran personas muy buenas, honradas y generosas, pero no veían nada claro que yo fuera misionero. Mi madre decía que ser sacerdote en Jaén podría estar bien, pero nada de irme lejos. Incluso me escondía las cartas que me enviaban desde Madrid los misioneros combonianos.

En aquellos años, la mayoría de edad en España se alcanzaba a los 21 años. Por eso, cuando cumplí 18 años le pedí a mi padre que me firmara una autorización para entrar en el seminario comboniano. Como sabía que no aceptaría, intenté tenderle una pequeña trampa. Le dije que si me dejaba ir, me formaría muy bien y cuando saliera tendría un buen oficio para defenderme en la vida. No era mentira, pero tampoco toda la verdad, porque mi intención no era salirme, sino seguir.


A izquierda y derecha, dos imágenes del P. José Barranco en Ecuador, realizando una entrevista para sus documentales misioneros.

Mi padre adivinó la treta y no quiso firmar aquella autorización. Le dije muy enfadado que si no me daba permiso me iría cuando cumpliera los 21 años. Al final, aceptó, así que comencé mi formación en contra de la voluntad de mi familia. Sin embargo, luego cambiarían las cosas y se darían cuenta de que no hay alegría más grande que tener un sacerdote misionero en la familia. Siempre se sintieron muy orgullosos de mí.

Después de la formación inicial en Moncada (Valencia), quisieron que completara los estudios de Filosofía y Teología en el escolasticado de Granada, pero el vicario general de la congregación se dio cuenta de que Granada está demasiado cerca de Jaén, por lo que decidieron enviarme a Roma. Me alegré mucho, porque salía de España y me abría a otra cultura y mentalidad. En Italia tuve la suerte de conocer a muchos misioneros combonianos que iban y venían de las misiones. También forjé una buena amistad con algunos africanos que estudiaban conmigo en la Pontificia Universidad Urbaniana.

Tras mi ordenación sacerdotal, en agosto de 1977, me destinaron como formador al seminario menor de Santiago de Compostela. Uno de los primeros jóvenes a los que recibí fue Gonzalo da Silva, que luego sería un gran misionero en Togo y ecónomo provincial de los Combonianos de España. Cuando falleció en 2020 a causa del coronavirus me dolió mucho, mucho…, muchísimo. También acogí a otros que llegaron al sacerdocio, pero que luego dejaron el instituto comboniano.

Seis años después fui destinado a Ecuador, al que puedo llamar mi país de misión. Aquí he pasado, hasta el momento, 35 años de mi vida y aquí sigo viviendo hasta Dios sabe cuándo. Mi llegada fue a la región costera de Esmeraldas, donde la mayoría de la población era afroecuatoriana. Allí me encontré con los descendientes de las personas esclavizadas que fueron obligadas a venir a América. Aquello era como un trocito del continente africano. Yo estaba muy feliz, pero aquello no me duró mucho, porque nueve meses después tuve que irme a Quito, la capital del país, para hacerme cargo de la animación misionera de nuestra revista, Sin Fronteras, y de la animación vocacional. Años después me nombraron director nacional de las Obras Misionales Pontificias para animar misioneramente a todo el Pueblo de Dios. Fue en esta época cuando comencé a producir los primeros documentales de temática misionera.

Documentales y pastoral
En 1995 regresé a Madrid para realizar un servicio de animación misionera. Intenté seguir las huellas de mi compañero comboniano P. Joaquín Sánchez, que había hecho un gran trabajo en la Vicaría I con la creación de grupos misioneros, pero yo no conseguía hacerlo tan bien como él. Por eso decidí continuar con la producción de documentales para su emisión en las cadenas locales de televisión que proliferaban en aquella época. Así nació Vida Misionera.

Hablé con el P. Juan González Núñez que era el Provincial de entonces: «Necesito una cámara, un monitor y un periodista que sepa editar vídeos». Y me dijo que sí. Poco después empecé a viajar por el mundo entero para entrevistar a misioneros y misioneras. Fue una etapa maravillosa que duró hasta 2002, cuando regresé a Ecuador, donde he podido recorrer varias comunidades. Primero estuve en Guayaquil, en el barrio de Las Malvinas, donde pusimos en marcha una parroquia. Después de un período haciendo animación misionera, volvía a la pastoral directa en Borbón, dentro del Vicariato de Esmeraldas. Allí me dediqué sobre todo a visitar los pequeños pueblos tratando de consolidar las comunidades cristianas.

Ahora, más viejito y sin tanta facilidad para moverme, me han pedido que venga a La Merced, una parroquia de la ciudad de Esmeraldas donde me encuentro tratando de vivir con alegría el don de la vocación misionera.

Cuando miro hacia atrás doy gracias a Dios porque jamás me he arrepentido de ser misionero y de ser comboniano. A los jóvenes que hayan leído hasta aquí mis torpes palabras les diría que sean valientes y que no tengan miedo de entregar su vida al Señor. Él no defrauda nunca.


¿Crees que tienes VOCACIÓN MISIONERA? comunícate con los Misioneros Combonianos en Ecuador.
P. Pedro Tacuri, Promotor Vocacional. Contacto: +593990671682