Este número de Iglesia Sin Fronteras estaba ya en la imprenta cuando nos llegó la triste noticia del fallecimiento del Santo Padre. El papa Francisco pasó de este mundo a la casa del Padre celestial el lunes de Pascua, 21 de abril, a la edad de 88 años en su residencia del Vaticano.
Jorge Mario Bergoglio, cardenal arzobispo de Buenos Aires, inició su pontificado al frente de la Iglesia Católica el 13 de marzo de 2013, cuando fue elegido como el 266º papa de la Iglesia tras la renuncia histórica de Benedicto XVI. Su elección marcó un hito, ya que se convirtió en el primer papa jesuita, el primer papa latinoamericano y el primer papa no europeo en más de mil años. Tomando el significativo nombre de Francisco, desde entonces, su liderazgo se ha caracterizado por un estilo pastoral, cercano a los marginados, misionero y reformista de las estructuras de la Iglesia.
Desde el principio de su llegada a la sede de San Pedro, Francisco adoptó un estilo de vida sencillo y austero, evitando muchos de los símbolos tradicionales de poder papal, como cuando eligió vivir en la residencia Santa Marta en lugar del apartamento papal tradicional en el palacio apostólico.
En línea con su ministerio pastoral en Argentina, el Papa trató de vivir cerca de la gente con las visitas a los empleados vaticanos en las oficinas, con los Viernes de la Misericordia en el Jubileo de 2016 en lugares de marginalidad y exclusión, con los Jueves Santos celebrados en cárceles, asilos y centros de acogida, con frecuentes visitas a las parroquias de la periferia romana, con visitas sorpresa y llamadas telefónicas a personas e instituciones.
Una de las prioridades fundamentales de su pontificado ha sido la defensa de los pobres, los migrantes, los refugiados y otros grupos marginados, mostrando siempre hacia ellos un corazón de pastor misericordioso.
En 2013, Francisco publicó la exhortación apostólica Evangelii Gaudium que puso de relevancia la necesidad de una “Iglesia en salida” que vaya al encuentro de las personas, especialmente de quienes están más alejadas o sufren. La Iglesia, insistía el Santo Padre, no puede quedarse encerrada en las sacristías esperando que la gente vaya a ella, sino salir en su busca como el Padre del hijo pródigo.
La visión de una “Iglesia en salida” incluía para el Papa el mandato misionero de ir hacia los miles de millones de personas que todavía no han tenido la oportunidad de escuchar el Evangelio de Jesucristo. También en este aspecto, Francisco lideró con el ejemplo. A pesar de sus problemas de movilidad, realizó 47 viajes internacionales, visitando países en todos los continentes y dando prioridad a las regiones periféricas, donde la presencia católica es minoritaria.
La preocupación por el cuidado de la casa común y los temas ambientales ha sido otra de las grandes aportaciones del papa Francisco al mundo de hoy. Con su encíclica Laudato Si ́, publicada en 2015, abogaba por una “ecología integral” que conecte la justicia social con la protección del planeta y propició la aparición de numerosos movimientos de defensa de la naturaleza tanto dentro de la Iglesia como en la sociedad civil de todo el mundo.
El último gran regalo que el papa Francisco nos ha dejado ha sido este Año Jubilar de la Esperan- za que estamos viviendo. Se trata de una invitación a caminar juntos, dirigida a todos los cristianos y a todos los hombres, para avanzar unidos hacia un futuro mejor, basado en la esperanza, la misericordia y la fraternidad; un viaje continuo en busca de Dios y de su salvación.
¡Que el Señor le conceda la paz y la vida eterna!
