Más de 380 millones de cristianos en todo el mundo se enfrentan actualmente a altos niveles de persecución y discriminación por su fe (15 millones más que los 365 millones del año pasado), una cifra record que representa a uno de cada siete cristianos en todo el mundo. Esto representa un asombroso aumento de 140 millones desde 2018. La persecución de los cristianos ha aumentado a un ritmo alarmante en todo el mundo, especialmente en Asia Central y África. Durante el último año, numerosos incidentes impactantes de persecución en África y otros lugares ocuparon titulares en las noticias.
P. Giulio Albanese, mccj
Cada vez que se perpetra una acción terrorista contra una comunidad cristiana en África o en el vecino Oriente Medio, la noticia suele recibir una cobertura considerable en la prensa occidental. Sin embargo, tras el bombo mediático, la complejidad del fenómeno queda a menudo inexplorada. Las persecuciones, y en particular su trasfondo, siempre han constituido un tema difícil, difícil de componer en una visión de conjunto coherente.
Para abordar correctamente una realidad tan articulada, conviene recordarlo, es necesario conocerla en detalle, en sus efectos, en sus causas, y no reducirla a un simple análisis compartimentado: el resultado final, en efecto, no coincide con la mera suma de los componentes individuales.
Esto significa, en esencia, considerar la cuestión de las persecuciones en sentido amplio, que éstas, si se evalúan correctamente, no pueden separarse de las causas y concomitancias que las generan hoy en día, tanto en los países donde se manifiestan (ideologías dominantes, políticas perversas, legislaciones arcaicas…), como en el contexto más general de la globalización, dentro del cual ciertas dinámicas encuentran un terreno fértil. Todos estos factores interactúan entre sí, haciendo que la madeja sea a veces extremadamente enmarañada. Por estas razones, es necesario hacer un sano discernimiento sobre las opciones que hay que tomar, si realmente queremos marcar el punto de inflexión, el de la redención, el de la afirmación de los derechos y, por tanto, el del ansiado cambio.

PERSECUCIÓN RELIGIOSA
Pero procedamos con orden. Conviene recordar que el término persecución, del latín persequi, en el léxico italiano se aplica principalmente al ámbito religioso, en referencia a la acción de un determinado poder constituido, cuando configura como delito y castiga en consecuencia la adhesión a una determinada creencia religiosa y todos los actos que la siguen. Desde esta perspectiva, la fenomenología persecutoria –en particular la de matriz islamista– puede encontrarse en varias zonas de África. Sin embargo, para intentar comprenderla plenamente, no basta con identificar únicamente a las partes implicadas –víctimas y verdugos–, sino que también es necesario analizar las razones profundas que alimentan esas acciones criminales, que siguen siendo responsables de sufrimientos indecibles. Es mucho lo que está en juego porque es necesario evitar la deriva perniciosa del llamado «choque de civilizaciones» tan deseado por los extremistas. En efecto, está claro que la intención de los grupos yihadistas es instrumentalizar la religión con fines subversivos, eliminando a cualquiera que se oponga a su delirio de omnipotencia. Reducir, por tanto, la galaxia de fuerzas de inspiración yihadista exclusivamente en la perspectiva de una lucha global contra Occidente, bajo una estructura de mando centralizada denominada Al Qaeda o Isis, significa no captar la complejidad del fenómeno en el que a menudo entran en juego cuestiones locales, propias de cada uno de los Estados en los que operan las mencionadas células. Basta pensar, por ejemplo, en el movimiento al–Shabaab en Somalia o en Boko Haram en Nigeria, que encontraron inspiración en los conflictos que se estaban produciendo en sus respectivos territorios entre oligarquías locales por el control del territorio y el poder.
IMPOSICIÓN DE LA SHARÍA
Estas formaciones siempre han tenido como objetivo a cualquiera que se opusiera a su proyecto de imponer la Sharía, la ley islámica: Musulmanes, cristianos, animistas… Además, desde un punto de vista numérico, los terroristas han matado a más musulmanes que cristianos en los últimos años y cada vez que han perpetrado atentados contra iglesias e instituciones cristianas (al–Shabaab en Kenia después de que el gobierno de Nairobi interviniera militarmente en Somalia y los Boko Haram en Nigeria y el vecino Camerún) lo han hecho porque estas acciones serían recogidas por los medios de comunicación internacionales, teniendo así resonancia mundial. Mensajes mortíferos, por tanto, inspirados por una ideología en franco contraste con el sentimiento religioso y espiritual de los grandes monoteísmos.

Lo cierto es que estas formaciones criminales operan en distintos sectores del continente africano. Por ejemplo, son muy activas en el triángulo geográfico entre Níger, Malí y Burkina Faso, dentro del vasto perímetro de la región del Sahel. Por no hablar del sector oriental de la República Democrática del Congo (Kivu del Norte) o del norte de Mozambique, donde el precio más alto lo paga la exhausta población civil.
Sin embargo, es importante señalar que existen otros países islámicos en África donde los cristianos se enfrentan a menudo a situaciones difíciles, determinadas, por ejemplo, por las limitaciones impuestas por los distintos sistemas de jurisprudencia, que restringen severamente las facultades de los cristianos en el ámbito laboral y, más en general, del «derecho civil». En esta dirección, con diversas acentuaciones y matices, se encuentran desde Marruecos, donde la presencia cristiana se reduce a un «pequeño resto» sin pretensiones de proselitismo, estrictamente prohibido por el ordenamiento jurídico vigente en el país, hasta Argelia, tierra de mártires, donde, en los últimos años, la comunidad cristiana ha pagado caro en sangre su tributo contra el terrorismo al lado de la población indefensa. Baste recordar el heroico sacrificio de los siete monjes trapenses de Nuestra Señora del Atlas en Tibhirine, masacrados en la noche del 26 al 27 de marzo de 1996. También en Egipto, el cristianismo copto está sometido a las limitaciones legales consagradas en la Constitución, que, si bien garantiza la libertad religiosa, proclama el Islam como fuente principal de legislación, condenando la apostasía al mismo nivel que la alta traición. También en este país, donde la disidencia política está reprimida, la construcción de un lugar de culto para los cristianos exige un largo y agotador proceso burocrático.
EL SUFRIMIENTO DE LAS COMUNIDADES
Una cosa es cierta: hay una diferencia abismal entre hablar de persecución y vivir el drama de cerca, mirando a los ojos de quienes, día tras día, sobreviven en esa condición extrema. Para entender de verdad, hay que estar allí, ver, escuchar y tocar. Hace unos años, gracias al apoyo de una organización humanitaria, pude entrar en un país africano, de abrumadora mayoría musulmana, asolado por la guerra y regido por la Sharía, la ley islámica. Para proteger a la pequeña y valiente comunidad cristiana que sigue allí, todavía no puedo revelar nombres ni lugares. Pero nunca olvidaré lo que vi. Casi de inmediato pedí visitar los restos de algunas iglesias. La primera parada fue la catedral local: un montón de ruinas. Más tarde, en la clandestinidad, me reuní con un viejo sacristán en un pueblo situado a unos 70 kilómetros de la capital. El edificio parroquial había sido brutalmente destruido, al igual que el campanario. Pero fue el altar lo que me dejó sin aliento: la mesa sagrada partida en dos, como si el corazón mismo de la fe se hiciera añicos simbólicamente. Con serena dignidad, el anciano me dijo que había conseguido salvar los registros de bautismo. Los guardaba celosamente en su casa, escondidos como reliquias. Le pregunté si estaba en contacto con una pequeña comunidad de religiosas que trabajaban en la capital. Me respondió que una vez al mes recibía de ellas frascos de medicamentos en los que estaban escondidas las partículas.

Antes de irme, le di una coronilla del rosario. Rompió a llorar como un niño que encuentra algo perdido y me pidió que lo bendijera. Luego la escondió cuidadosamente en una alforja, en la que estaba escrito Allāh Akbar. En voz baja, como si temiera que alguien pudiera oírlo, me susurró que, para él, aquellas palabras estaban dedicadas al Dios de los cristianos. Nadie lo sabía.
Y por eso mismo, uno no puede permanecer en silencio. Las palabras se convierten en responsabilidades. Como amonestó el papa Francisco durante su visita a Tirana, «nadie puede permitirse utilizar la religión como pretexto para sus propias acciones contrarias a la dignidad humana y a los derechos fundamentales, en primer lugar el de la vida y la libertad religiosa para todos».
PERSECUCIÓN EN NIGERIA

La violencia yihadista continúa aumentando en Nigeria, y los cristianos corren un riesgo especial ante los ataques selectivos de militantes islamistas, incluidos los combatientes fulani, Boko Haram y el Estado Islámico (ISWAP) (Provincia de África Occidental). Estos ataques aumentaron durante el mandato del ex- presidente Muhammadu Buhari, convirtiendo a Nigeria en el epicentro de la violencia selectiva contra la Iglesia. La incapacidad del gobierno para proteger a los cristianos y castigar a los perpetradores no ha hecho más que reforzar la influencia de los militantes.
Si bien los cristianos solían ser vulnerables solo en los estados del norte, de mayoría musulmana, esta violencia continúa extendiéndose al Cinturón Medio e incluso más al sur. Los ataques son terriblemente brutales. Muchos creyentes son asesinados, especialmente hombres, mientras que las mujeres suelen ser secuestradas y víctimas de violencia sexual. En Nigeria, más creyentes son asesinados por su fe que en cualquier otro lugar del mundo. Estos militantes también destruyen hogares, iglesias y medios de vida. Más de 16,2 millones de cristianos en el África subsahariana, incluyendo un gran número de nigerianos, han sido expulsa- dos de sus hogares por la violencia y el conflicto. Millones de ellos viven ahora en campos de desplazados.
Los cristianos que viven en los estados del norte de Nigeria bajo la sharía (ley islámica) también pueden sufrir discriminación y opresión como ciudadanos de segunda clase. Quienes abandonan el islam a menudo sufren el rechazo de sus propias familias y la presión de renunciar a su nueva fe. Con frecuencia, tienen que huir de sus hogares por temor a ser asesinados.
En 2023, Bola Tinubu fue elegido nuevo presidente de Nigeria. Si bien tanto él como su predecesor son musulmanes, el nuevo presidente ha llevado a cabo una importante reorganización. Esto ha proporcionado un mejor equilibrio representativo de ambas confesiones en los puestos de liderazgo que durante la presidencia de Buhari. Se esperaba que esto condujera al reconocimiento de las violaciones de derechos humanos contra los cristianos y a una intervención más eficaz de las fuerzas de seguridad para protegerlos. Sin embargo, esto no se materializó de forma tangible durante el período del informe de la Lista Mundial de Vigilancia 2025.
La persecución de creyentes es más común en los estados del norte, de mayoría musulmana, donde las comunidades cristianas de las zonas rurales son especialmente vulnerables a los ataques violentos. Sin embargo, los ataques se están extendiendo cada vez más hacia el sur, donde reside la mayoría de los cristianos de Nigeria.
