El escenario del conflicto: Una Amazonía cercada
La Amazonía ecuatoriana, tradicionalmente conocida como El Oriente, es una región de contrastes profundos: abarca el 45% del territorio nacional de Ecuador, pero alberga a menos del 5% de su población. Considerada uno de los refugios más biodiversos del planeta y cuna de miles de especies de flora y fauna, es también el hogar ancestral de 11 nacionalidades indígenas. Entre ellas destacan los Tagaeri y Taromenane, pueblos que han elegido el aislamiento voluntario como mecanismo de supervivencia.
A pesar de su inestimable valor ecológico y cultural, esta región enfrenta hoy amenazas críticas que ponen en riesgo su existencia:
- Deforestación acelerada: Impulsada por la apertura de carreteras, la tala comercial y la expansión desmedida de la frontera agrícola y ganadera.
- Actividad extractiva devastadora: Décadas de explotación petrolera han dejado un historial sistemático de derrames y contaminación de ríos. A esto se suma el crecimiento agresivo de la minería ilegal de oro, que destruye los cauces fluviales y envenena el agua y las especies con mercurio.
- Crimen organizado y economías ilícitas: El avance del narcotráfico y el tráfico de armas en las fronteras de la selva genera olas de violencia y desestabiliza la gobernanza de las comunidades locales.
- Pérdida cultural y desprotección indígena: La presión externa amenaza la soberanía territorial de los pueblos amazónicos y coloca en un peligro inminente de extinción el hábitat de los pueblos aislados.

En la década de 1980, la presión de la industria petrolera alcanzó niveles críticos. Las compañías avanzaban abriendo trochas de exploración e ingresando a territorios ancestrales. Mientras la mayor parte de la población Waorani ya mantenía contacto con el exterior, un clan específico, los Tagaeri, decidieron adentrarse profundamente en el bosque, rechazando de forma violenta todo acercamiento externo para salvaguardar su vida. El avance de las máquinas ponía a los Tagaeri en un riesgo inminente de exterminio etnocida o de enfrentamientos armados con trabajadores y colonos.
En este complejo escenario histórico confluyeron las vidas de Monseñor Alejandro Labaka y la Hermana Inés Arango. Su presencia en la Amazonía no fue casualidad, sino el resultado de una profunda sensibilidad hacia los más vulnerables y un compromiso inquebrantable con la justicia social y los derechos humanos.
Semblanza de dos vidas entregadas al territorio amazónico
Monseñor Alejandro Labaka nació en el País Vasco (España) y se ordenó como sacerdote franciscano capuchino. Antes de llegar a Ecuador en 1954, fue misionero en China, país de donde fue expulsado por el régimen comunista. Tras trabajar un tiempo en la Costa y la Sierra ecuatorianas, fue destinado a la Amazonía para integrarse a la misión capuchina que se asentaba en la zona del río Napo. En 1965 fue nombrado Prefecto Apostólico de Aguarico —lo que más tarde se convertiría en el Vicariato—, transformando a la localidad de El Coca en su centro de operaciones. Labaka pasó 33 años en la región; su respeto por las culturas locales fue tal que aprendió fluidamente su idioma y fue adoptado formalmente como hijo de la tribu por el clan del jefe Inihua.
La Hermana Inés Arango nació en Medellín (Colombia) y pertenecía a la Congregación de las Hermanas Terciarias Capuchinas. Impulsada por un espíritu misionero indomable, llegó a Ecuador años más tarde y fue enviada a las zonas más remotas y desprotegidas del Vicariato de Aguarico, uniendo su camino pastoral al de Monseñor Labaka. Durante una década, Inés se ganó la confianza de las mujeres y las familias de las comunidades a través de los cuidados de salud, la educación y el apoyo constante contra los abusos de los colonos.

La labor que emprendieron fue mucho más allá de la acción religiosa tradicional, concentrándose en tres grandes ejes fundamentales:
- Defensa territorial y mediación cultural: Se convirtieron en los principales defensores de las nacionalidades indígenas frente al avance agresivo de las empresas petroleras. Labaka abogaba constantemente ante el Estado para que se respetaran los límites ancestrales y se evitaran incursiones armadas en zonas de pueblos ocultos.
- Educación y salud comunitaria: La hermana Inés, junto a los equipos de la misión, impulsó procesos de alfabetización que respetaban las lenguas locales y coordinó las primeras redes de asistencia médica para combatir epidemias externas (como la gripe o el sarampión), las cuales resultaban mortales para las poblaciones nativas.
- Antropología del respeto: Bajo el enfoque de la inculturación, Labaka se dedicó a estudiar profundamente la cosmovisión y costumbres amazónicas, llegando a escribir un libro clave sobre la cultura Huaorani. Su premisa era entender al otro desde su propia realidad para poder protegerlo, sirviendo de puente entre el Estado, las industrias y la selva para evitar el despojo y el etnocidio.
El detonante y la confusión letal en el Yasuní
Apenas unos días antes del 21 de julio de 1987, Monseñor Labaka mantuvo una reunión sumamente tensa con altos directivos de la empresa petrolera Petrobras, encargada de operar en la zona. En dicha cita, los representantes le comunicaron que ingresarían de inmediato y a toda costa al territorio de los Tagaeri para continuar con la exploración. Labaka comprendió que si las cuadrillas entraban escoltadas o armadas, los indígenas se defenderían y serían exterminados por la superioridad tecnológica de la industria. Al no lograr que la petrolera frenara sus planes, entendió que la única forma de salvar a los Tagaeri era adelantarse a las máquinas.
Caminar por la selva virgen hasta la ubicación exacta del clan habría tomado días o semanas, un tiempo del que no disponían. El helicóptero era el único medio capaz de ponerlos en el sitio de forma inmediata para servir de «escudo humano». Alquilaron la aeronave con una instrucción clara: el piloto los dejaría en un pequeño claro junto a la casa comunal (tapi) y regresaría a recogerlos al día siguiente. El plan no era quedarse a vivir de forma imprevista, sino advertirles del peligro inminente y convencerlos de moverse a una zona segura.
Sin embargo, en medio de la desesperación, la aparición del helicóptero provocó un efecto adverso debido a dos factores críticos:
- El estigma del «monstruo de metal»: Para los Tagaeri, los helicópteros no eran naves de paz, sino las herramientas que usaban las petroleras para vigilar, abrir trochas y destruir su entorno. Al escuchar el ruido ensordecedor, el clan asumió que la invasión armada había comenzado.
- El aislamiento en la maloca: El helicóptero dejó a los misioneros y se retiró. Cuando los guerreros Tagaeri —que se encontraban cazando y regresaron alertados por el ruido— llegaron al centro de la vida comunitaria, no vieron a dos aliados; vieron a dos extraños vestidos con hábitos que habían descendido del «monstruo» invasor y violado su perímetro sagrado. En su lógica de guerra y supervivencia, asumieron que eran espías o la avanzada del enemigo.
Monseñor Labaka e Inés Arango intentaron despojarse de todo para demostrar que iban con las manos vacías: él se quitó la ropa exterior para caminar descalzo y ella se retiró el velo. Sin embargo, la sombra del helicóptero habló más fuerte que sus gestos. En un acto de defensa de su territorio, los guerreros decidieron lancearlos. Testimonios orales recogidos años después revelan que algunas mujeres de la comunidad intentaron proteger a la hermana Inés sugiriéndole que huyera, pero ella decidió no abandonar a Monseñor, asumiendo su misma suerte. Al día siguiente, el helicóptero de rescate halló una escena devastadora: ambos cuerpos yacían en el suelo de la selva acribillados por lanzas de chonta. El cuerpo de Monseñor Labaka presentaba alrededor de 70 impactos.
El proceso de canonización: De Venerables a la búsqueda de un milagro
El sacrificio del 21 de julio de 1987 conmovió profundamente al país y al mundo, transformando inmediatamente a los misioneros en símbolos de la teología de la liberación, el indigenismo y la ecología integral. Su causa de canonización posee una fuerza singular en la actualidad por tres razones esenciales:
- El martirio por la defensa de los débiles: Para la Iglesia actual, un mártir no es solo quien muere por un dogma conceptual, sino quien entrega la vida defendiendo los valores evangélicos de la justicia y la paz. Ellos no murieron en una guerra de religión, sino interponiéndose voluntariamente para evitar una masacre.
- Un modelo de inculturación: Encarnan de forma perfecta lo que el Papa Francisco denomina una «Iglesia con rostro amazónico», que no busca civilizar a la fuerza ni destruir tradiciones, sino aprender de las culturas locales y defender su derecho al aislamiento.
- Vigencia ecológica: En plena crisis climática, su sacrificio está ligado directamente a la protección de la selva y de sus guardianes ancestrales frente a la explotación desmedida.
El proceso superó con éxito la fase diocesana en el Vicariato de Aguarico y se trasladó al Vaticano. El 22 de mayo de 2025, el Papa emitió el decreto oficial que los declaró Venerables. Para alcanzar esta distinción, Roma aplicó una vía jurídica eclesial aprobada en 2017 conocida como oblatio vitae (ofrecimiento de la vida), la cual reconoce a quienes, movidos por la caridad, aceptan libre y voluntariamente una muerte cierta para salvar a otros, certificando que vivieron las virtudes evangélicas en un grado heroico.
No obstante, esta misma vía jurídica plantea una condición técnica para el siguiente paso: la beatificación. Al no haber sido catalogado el suceso bajo el concepto tradicional de «martirio por odio teológico a la fe» —dado que los Tagaeri actuaron por instinto de defensa territorial y no por aversión a la religión católica—, el Vaticano estipula que se requiere la demostración de un milagro contundente.
La XX Peregrinación: Los pies que hacen eco en el asfalto y el lodo
Demostrando que este legado permanece plenamente vigente, este 9 de julio de 2026 arrancó la vigésima edición de la caminata por la Amazonía. Este recorrido, que une la Sierra con el Oriente ecuatoriano, trasciende el esfuerzo físico para convertirse en un acto profundo de memoria histórica, fe y activismo ecológico.
La peregrinación destaca por tres hitos principales:
- El efecto «bola de nieve»: El trayecto inicia con un centenar de personas y va sumando orgánicamente a comunidades, jóvenes, colectivos ambientales y pastorales a lo largo de la ruta, reflejando la naturaleza comunitaria de la causa original.
- Estaciones de reflexión y denuncia: Cada parada en la ruta desde Quito hacia El Coca sirve como un altavoz para visibilizar los problemas actuales de la región, transformando la caminata en una denuncia pacífica andante contra la minería ilegal, la deforestación y contaminación por la explotación petrolera.
- El reencuentro en El Coca: El destino final se concentra en la Catedral de El Coca, donde descansan los restos de ambos misioneros, convirtiéndose en un espacio de enorme carga emotiva para una comunidad que celebra su reciente reconocimiento como Venerables.

A casi cuatro décadas de las lanzas que silenciaron sus voces en el Yasuní, la devoción popular y el compromiso social marchan con fuerza hacia el Oriente. Esta vigésima caminata es liderada firmemente en el territorio por Monseñor Adalberto Jiménez (Obispo de Aguarico), la Hermana Oyorbis Palacio (Misionera Terciaria Capuchina de la Sagrada Familia) y el Hermano Txarli Azcona, demostrando que Alejandro e Inés no se quedaron en el pasado, sino que caminan hoy más que nunca junto a un pueblo que se niega a olvidar su selva.
Por: Irina Cevallos / SinFronteras.media
