Octubre vuelve a poner la misión en el centro de la vida de la Iglesia. Durante este mes escuchamos con especial atención las palabras “misionero”, “misionera”, “misiones”, miramos hacia tierras lejanas y recordamos a quienes han dejado su casa para anunciar el Evangelio.
Este tiempo nos propone una pregunta que toca nuestra propia vida: ¿dónde comienza realmente la misión? Tal vez comienza cuando descubrimos que la fe recibida también puede convertirse en un regalo para los demás. Quien se siente amado por Dios empieza a compartir ese amor con quienes encuentra en el camino. Así, la misión toma forma en una presencia cercana, en la escucha, el servicio, la palabra y la compañía. Comienza en el corazón y se expresa en la vida.
Por eso, la misión pertenece a toda la Iglesia. Tiene muchos rostros y caminos. Está en quien cruza océanos para acompañar una comunidad, pero también en quien descubre que su propia calle, su trabajo, su familia o su parroquia necesitan una presencia capaz de acercar a Dios. Está en el anuncio explícito del Evangelio y también en tantos gestos cotidianos que hacen visible la fraternidad.
El lema de la Jornada Mundial de las Misiones de este año, “Uno en Cristo, unidos en la misión”, nos coloca ante una realidad esencial: caminamos juntos. La misión se vuelve más fecunda cuando aprendemos a reconocer los dones de los demás, cuando las diferencias de culturas, lenguas y carismas se convierten en una riqueza compartida.
La Iglesia misionera tiene muchos acentos, pero un mismo centro: Cristo. Para nosotros, los Misioneros Combonianos, octubre tiene además un rostro muy querido. El 10 de octubre celebramos a san Daniel Comboni, que murió hace 145 años en Jartum, Sudán. Su vida terminó allí, pero su pasión misionera continúa recorriendo el mundo. Hoy hombres y mujeres, de distintas generaciones y procedencias, siguen llevando adelante aquella pasión por anunciar el Evangelio y acompañar a los pueblos, aprendiendo de sus culturas y compartiendo sus esperanzas.
Comboni comprendió la misión como una obra que requería fe, corazón, perseverancia y colaboración. Y esa misión sigue invitándonos hoy a participar. También nosotros somos llamados a anunciar, cada uno desde su vocación y sus posibilidades. Todos podemos preguntarnos ¿qué fuego misionero necesita ser alimentado? ¿Qué frontera estamos llamados a cruzar? ¿Con quiénes podemos aprender a caminar?
Quizá este octubre pueda ayudarnos a mirar la misión desde nuestra propia vida. Antes de pensar únicamente en lugares lejanos, podemos reconocer que cada encuentro ofrece una posibilidad de Evangelio. Una conversación, una visita, una palabra pronunciada a tiempo, una mano que ayuda… Porque la misión transforma a quien la vive: ensancha la mirada, despierta preguntas, crea vínculos y nos recuerda que el Evangelio tiene rostro concreto.
Queridos lectores, amigos de las misiones: la misión sigue viva. Está en las calles y en las fronteras, en las comunidades grandes y pequeñas, en quienes parten y en quienes sostienen con su oración, su trabajo y su generosidad.
Octubre nos invita a dejarnos alcanzar nuevamente por Cristo y a preguntarnos ¿qué puedo aportar para que su amor llegue a quienes todavía esperan conocerlo?
