Hoy el calendario oficial ecuatoriano celebra el Día de la Interculturalidad y la Plurinacionalidad. Con toda seguridad las autoridades pronunciarán discursos sobre la riqueza de nuestras raíces, los niños y jóvenes tendrán el minuto cívico y es posible que se realicen desfiles mostrando trajes típicos que fascinan la vista. Sin embargo, cuando la música de las presentaciones se apaga y las luces de las tarimas se extinguen, la verdadera interculturalidad no se vive en la cotidianidad.
Somos distintos, somos diversos y lo podemos sentir en las manos agrietadas de la señora que madruga en el páramo andino para cultivar la papa y el maíz que luego alimentarán a familias enteras en las grandes ciudades; habita en la sonrisa de aquel joven afrodescendiente que lleva el ritmo del tambor en la sangre mientras intenta abrirse paso en un entorno laboral que aún lo mira con recelo; habita en las aulas de escuelas rurales donde niños kichwas, afroecuatorianos, mestizos y montubios comparten el mismo almuerzo, intercambiando palabras, juegos y sueños sin saber, o sin importarles, qué significa la palabra «plurinacional».
Ser un país diverso significa entender que en un mismo territorio conviven la medicina ancestral que cura con plantas y la ciencia moderna que opera en un quirófano, o la oralidad de las comunidades amazónicas y el mundo digital de las metrópolis. Ninguna es superior a la otra; ambas son respuestas humanas al deseo universal de cuidar, comprender y trascender.
El verdadero reto de esta fecha es cuestionar lo que nos mantiene distantes. La interculturalidad humana comienza cuando dejamos de ver al «otro» como un extraño o una cifra estadística para empezar a escucharlo como a un igual. Es el momento en que nos damos cuenta de que el respeto no se decreta por ley: se construye en el autobús cuando cedes el asiento, en el mercado cuando valoras el trabajo del agricultor sin regatear su dignidad y en la mesa familiar cuando derribas los prejuicios heredados.
Hoy no es solo un día para recordar las raíces que nos sostienen desde el pasado, sino para mirar a los ojos a quienes caminan a nuestro lado. La patria no es una idea abstracta ni una bandera uniforme; son millones de vidas que comparten un mismo suelo. Y el mayor acto de humanidad que podemos ejercer es reconocernos, por fin, en la mirada del otro.
