El calendario global nos invita en estos días a detener la marcha y volver la mirada hacia lo esencial. La Jornada Mundial por el Cuidado de la Creación, que se celebra cada 1 de septiembre, no es un simple recordatorio ambientalista; es un espacio de profunda reflexión social. Esta fecha inaugura formalmente el Tiempo de la Creación, un período ecuménico global que se extiende desde el inicio de septiembre hasta el 4 de octubre (conmemoración de San Francisco de Asís).
Estas semanas nos confrontan con una realidad inevitable: el deterioro de nuestro entorno y las fracturas de la dignidad humana caminan por la misma acera. El verdadero cuidado del entorno no se limita a proteger paisajes; empieza de forma directa por el respeto al ser humano, abraza a la flora y a la fauna, y se extiende a cada rincón del mundo que habitamos.
Cuando la tierra sufre, quienes están en los márgenes de la sociedad sufren primero y con mayor rigor. A propósito de este clamor social, las instituciones eclesiales de todo el mundo han proclamado dos potentes frases oficiales para guiar las reflexiones de este año. Por un lado, la campaña ecuménica nos convoca bajo el lema «Agua Viva», recordándonos que este recurso es un derecho humano inalienable y fuente de dignidad. Por el otro, el mensaje oficial para este primero de septiembre asume la profética declaración: «Con sus espadas forjarán arados».
Ambas consignas nos obligan a mirar de frente cómo la violencia estructural, el abandono y los conflictos armados destruyen los suelos, contaminan las fuentes hídricas y vulneran la vida de los más desprotegidos. La transformación real comienza caminando al ras del suelo, compartiendo el pan con los olvidados en la mesa cotidiana, es necesario reconocer que la creación, en su maravillosa diversidad, también alberga sus imperfecciones. La naturaleza nos muestra grietas, y los seres humanos enfrentamos límites y fragilidades. Sin embargo, es precisamente allí donde nuestra inteligencia debe actuar con empatía y lucidez.

Lamentablemente, he sido testigo de varias acciones humanas que van en contra de la dignidad humana; a menudo estigmatizamos a las personas por sus problemas psicológicos o por alguna enfermedad. En estos días, escuché cómo se emitieron palabras peyorativas en contra de un psicólogo por el simple hecho de no tener brazos. Es triste pensar que somos tan crueles.
El prejuicio ciego intentó reducir el valor de un profesional a su condición física, ignorando la inmensa grandeza de una mente y de un espíritu dedicados a sanar, abrazar y guiar el dolor ajeno.
Este episodio nos recuerda que la verdadera perfección del entorno no está en la simetría de los cuerpos, sino en nuestra capacidad de ser «agua viva» que restaura, complementa y sostiene al prójimo. Hace dos mil años, alguien nos mostró que el cambio verdadero no se gesta desde la imposición de la fuerza ni desde el juicio al diferente. La transformación real comenzó caminando al ras del suelo, compartiendo el pan con los olvidados en la mesa cotidiana y sanando las heridas de quienes la sociedad consideraba invisibles o imperfectos. Esa vida nos enseñó que la grandeza humana radica en la cercanía. Forjar arados hoy significa desarmar los corazones, derribar los muros de la indiferencia y trabajar la tierra con justicia para que el bienestar sea, al fin, un derecho compartido por toda la humanidad.
Por: Irina Cevallos Molina / Sin Fronteras Media
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