26.08.2026
Editorial: Cuando el hambre deja de ser ajena

Editorial: Cuando el hambre deja de ser ajena

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Según el Programa Mundial de Alimentos, durante 2026 más de 318 millones de personas en todo el mundo enfrentan niveles de hambre de crisis o peores, una cifra que duplica la registrada hace apenas unos años. Detrás de ese número hay niños que dejan de crecer por falta de nutrientes, familias obligadas a abandonar sus tierras, agricultores que han perdido sus cosechas y comunidades enteras cuya esperanza depende de la ayuda humanitaria.

África continúa siendo el escenario de algunas de las situaciones más dramáticas. En países como Sudán, Sudán del Sur y Somalia, los conflictos armados, las sequías prolongadas y los desplazamientos forzados han destruido cultivos, mercados y medios de vida. Solo en Sudán, millones de personas padecen niveles extremos de inseguridad alimentaria y algunas zonas han sido declaradas oficialmente en situación de hambruna. Allí, una mala cosecha o el cierre de una ruta de abastecimiento pueden dejar sin alimentos a miles de familias durante semanas.

Podríamos pensar que este drama pertenece a países muy lejanos. Sin embargo, basta mirar nuestra propia región para descubrir que el hambre también vive entre nosotros, aunque adopte formas menos visibles. En América Latina, la situación, aunque ha mejorado en los últimos años, sigue siendo preocupante. El más reciente informe conjunto de las agencias de las Naciones Unidas sobre seguridad alimentaria señala que más de 33 millones de personas aún padecen hambre en nuestro continente, 167 millones viven algún grado de inseguridad alimentaria y 182 millones no pueden costear una dieta saludable.

En Colombia, el hambre ha disminuido por cuarto año consecutivo. Sin embargo, según el DANE, más de 14 millones de colombianos siguen experimentando algún grado de inseguridad alimentaria y 2,7 millones viven la situación más grave. El Programa Mundial de Alimentos estima, además, que 6,6 millones de personas requieren apoyo alimentario urgente, especialmente en regiones afectadas por el conflicto armado, el desplazamiento forzado y los fenómenos climáticos. No se trata de una hambruna como la que viven algunos países africanos, pero sí de una situación que limita el desarrollo de millones de niños y golpea con especial fuerza a las comunidades rurales y más vulnerables.

Para nosotros, los cristianos, estas cifras nunca deberían convertirse en simples estadísticas. Cada número representa un rostro amado por Dios: un niño que necesita crecer sano, una madre que lucha por alimentar a sus hijos, un anciano que vive solo o una familia desplazada que intenta comenzar de nuevo. Jesús no solo multiplicó los panes, sino que también nos enseñó que compartir es una manera concreta de amar y que nadie puede llamarse discípulo suyo si permanece indiferente ante el sufrimiento del hermano.

Ojalá aprendamos a mirar a nuestro alrededor con ojos más atentos y con un corazón más dispuesto a compartir, servir y construir un mundo más fraterno. Porque, mientras haya una sola persona que no pueda sentarse a una mesa con lo necesario para vivir, todos seguiremos teniendo una responsabilidad, pues el pan que falta en cualquier rincón del mundo pone también a prueba nuestro corazón.

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