01.10.2026
El pulso del agua y la piel del territorio: Una mirada humana al Día Mundial de los Ríos desde la orilla afrodescendiente

El pulso del agua y la piel del territorio: Una mirada humana al Día Mundial de los Ríos desde la orilla afrodescendiente

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La geografía del pulso vital

Hablar de un río no es referirse meramente a un accidente geográfico trazado con tinta azul sobre los mapas escolares. Para los pueblos afrodescendientes de nuestra América y del mundo, el río es un pariente antiguo, una arteria y un testigo importante de la historia. Cada corriente de agua encarna un archivo vivo de la memoria colectiva: en sus meandros flotan los ecos de la diáspora, las luchas ancestrales por la libertad y la cotidianidad de comunidades enteras que han tejido su cultura al compás de la marea y la corriente.

Con ocasión del Día Mundial de los Ríos, la mirada suele perderse en cifras abstractas de caudal, megavatios o normativas ecológicas globales. Sin embargo, desde la perspectiva de la misión y el compromiso humano que anima a los Misioneros Combonianos junto a los pueblos negros, el centro de gravedad debe volver a las personas. Son precisamente las comunidades afrodescendientes las que habitan con mayor cercanía la ribera de los ríos, conviviendo a diario con su generosidad, pero también sufriendo en carne propia la desolación de su abandono y degradación.

Vivir junto al agua: Entre la bendición y la vulnerabilidad

Las riberas fluviales son espacios de encuentro comunitario. Allí las mujeres lavan, cantan y transmiten saberes; los pescadores leen los signos del tiempo en la superficie del agua y los niños aprenden a nadar antes que a caminar. El río es sustento alimentario, medicina tradicional y columna vertebral de una economía de subsistencia basada en la dignidad y el respeto por los ciclos naturales.

No obstante, esta cercanía histórica sitúa también a los pueblos negros en la primera línea de vulnerabilidad socioambiental. Cuando un río enferma, muere también parte del tejido social que de él depende. La contaminación por mercurio y químicos derivados de la minería ilegal, así como los megaproyectos hidroeléctricos inconsultos, golpean de forma directa el hábitat de estas comunidades.

El desplazamiento y el despojo: Envenenar un río es, en la práctica, una forma silenciosa de desplazamiento forzado que desarraiga a familias enteras de sus territorios ancestrales.

La injusticia climática: Quienes menos contribuyen al colapso ecológico global son, paradójicamente, los primeros en sufrir inundaciones devastadoras o sequías extremas que arrasan con sus sembríos y viviendas.

Un clamor de justicia y conversión ecológica

Desde el carisma comboniano, enfocado históricamente en caminar hombro a hombro con los más excluidos, la defensa de los ríos no constituye una moda ecologista superficial, sino un imperativo ético y evangélico. Defender el agua es defender la vida en su máxima expresión y hacer honor al mandato de cuidar la Creación.

Las comunidades afrodescendientes nos enseñan una lección fundamental que la civilización urbana moderna urge por reaprender: el agua no se posee, se cuida; el río no es un recurso a explotar, es un prójimo que clama por auxilio. Su cosmovisión entiende que contaminar la corriente equivale a mancillar la propia sangre del territorio.

Conmemorar esta fecha junto a los pueblos negros exige pasar de la retórica de los documentos a la praxis de la solidaridad. Demanda denunciar las estructuras de pecado ecológico que anteponen el lucro corporativo a la supervivencia humana, y exige acompañar con respeto y admiración la resistencia de hombres y mujeres que defienden sus fuentes hídricas arriesgando, muchas veces, su propia seguridad.

Hacia una alianza por la vida

Escuchar el murmullo de los ríos es sintonizar con el latido de la dignidad postergada. Hoy más que nunca, los cauces fluviales que bañan los asentamientos afrodescendientes reclaman aliados dispuestos a cruzar fronteras geográficas, culturales y sociales.

Que este Día Mundial de los Ríos nos encuentre con los pies bien puestos en el fango de la realidad y el corazón abierto al compromiso. Porque mientras un río sea silenciado por la avaricia o la contaminación, la humanidad entera verá disminuido su caudal de justicia y esperanza. Cuidar el agua de los ríos es, en definitiva, mantener viva la corriente de la fraternidad humana.

Por: Irina Cevallos / SinFronteras.media

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