31.10.2026
La afroecuatorianidad nos recuerda que la ecología sin justicia social ni pueblos afro está incompleta

La afroecuatorianidad nos recuerda que la ecología sin justicia social ni pueblos afro está incompleta

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Octubre, que está por concluir, es el mes de la afroecuatorianidad. En este contexto, se ha realizado un sinnúmero de encuentros, charlas y actividades festivas para recordar que este tiempo es un motivo de reflexión. Vivimos momentos en los que la palabra «crisis» es común, en un mundo donde se habla del cambio climático, la escasez de agua, el calentamiento global y los desastres naturales. Sin embargo, si miramos con atención la realidad de hoy, descubrimos que los impactos de esta crisis no golpean a todos por igual: hay un rostro y un territorio detrás de cada cifra alarmante.

Anunciar el Evangelio hoy es inseparable de la defensa de la vida en todas sus formas. Esa defensa nos exige mirar hacia donde la sociedad suele no mirar o de donde se aparta: hacia las periferias, hacia el campo y, de manera muy especial, hacia los territorios habitados por comunidades afrodescendientes e indígenas que sostienen la vida en medio del abandono estatal y el asedio del extractivismo.

El Papa Francisco, en la encíclica Laudato si’, nos dice que no hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socioambiental. No se puede hablar de cuidar la «Casa Común» ignorando a quienes la han habitado, amado y protegido ancestralmente.
Existe una triste paradoja: los territorios más ricos en biodiversidad, aquellos donde los ríos corren limpios, los bosques respiran y los manglares resisten son, al mismo tiempo, los más amenazados por la codicia económica, la violencia armada y los megaproyectos. En muchos de estos rincones de América Latina y el mundo, son las comunidades afrodescendientes quienes están en la primera línea de defensa.

Para el pueblo negro, la tierra no es meramente un recurso económico o una mercancía que se compra y se vende; es el espacio de la memoria, de la espiritualidad, de la cultura y de la supervivencia comunitaria. Defender el río, el monte o el manglar es, ni más ni menos, que defender el derecho a existir como pueblo con dignidad.

Los misioneros combonianos acompañan los procesos de desarrollo de estos pueblos olvidados y sus luchas cotidianas frente a la injusticia permanente. Por ello, San Daniel Comboni, con su visión basada en el Evangelio, propuso “Salvar a África por medio de África”: crecer desde su propia realidad, surgir desde la adversidad y levantar la voz para ser escuchados por las instituciones estatales.

Frente al modelo de desarrollo actual, afianzado en el culto al consumo desmedido, los pueblos afro nos ofrecen una alternativa esperanzadora y una lección urgente de ecología práctica. Sus saberes tradicionales, heredados de África y adaptados con sabiduría a nuestros suelos, enseñan una relación de reciprocidad con la naturaleza: a la tierra se le pide lo justo, se le cuida y se le agradece. Los métodos tradicionales de pesca artesanal, la agricultura sostenible y el respeto profundo por los ciclos del agua son hechos reales y ejemplares frente al colapso ecológico al que nos empuja la modernidad ciega.

Desconocer el aporte de los pueblos afro a la conservación ambiental es caer en un racismo ecológico que invisibiliza a los verdaderos guardianes del planeta.

El carisma comboniano también se hace sentir para decirnos que el mundo se salva escuchando y caminando junto a los excluidos, asumiendo una postura profética. Es un imperativo moral denunciar las estructuras de injusticia que despojan a las comunidades negras de sus tierras y contaminan sus aguas. Es anunciar, con la fuerza de la esperanza cristiana, que otro mundo es posible si nos dejamos enseñar por los sencillos.

Que este «hoy» nos encuentre del lado correcto de la historia: del lado de los ríos que claman justicia, de las mujeres y hombres afro que resisten con alegría y dignidad, y del compromiso inquebrantable de construir una ecología que tenga, en el centro, la vida y la libertad de los hijos e hijas de Dios.

Por: Irina Cevallos / sinfronteras.media

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