febrero 4, 2026
Huellas: Vivir a fondo el adviento para una navidad renovada

Huellas: Vivir a fondo el adviento para una navidad renovada

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Por: Dra. Consuelo Vélez

De nuevo nos encontramos en tiempo de adviento para preparar la navidad. A unos, seguramente, se les pasó despacio el año, a otros normal, a otros rápido. Lo cierto es que seguimos sumando tiempo a nuestras vidas y a nuestra fe. Y conviene preguntarnos: ¿repetimos el ciclo litúrgico y cada año volvemos a lo mismo? O ¿estar de nuevo en este tiempo litúrgico nos permite una mejor comprensión, una mayor claridad o profundidad o una mejor vivencia de nuestra fe? Una respuesta afirmativa a la segunda pregunta sería lo ideal. Pero ¿será así?

Lo que puedo ver en mi entorno cercano es que la fe parece no crecer. Todos los años la misma novena de navidad y, en muchos lugares la novena tradicional que poca gente entiende porque su lenguaje es muy rebuscado y con una teología más tridentina que de Vaticano II.

Sin decir que se anexan cosas que nada tienen que ver con la navidad pero que la sociedad de consumo ha ido incorporando (Papa Noel, nieve, ciervos, ángeles, etc.). Esto no quita que, en algunos lugares, se hagan esfuerzos por renovar esta linda tradición y, una y otra vez, se intente profundizar en el contenido de esta celebración, en explicar mejor la Palabra de Dios, en despertar a más compromiso social, involucrar mejor a las familias, etc.

En el esfuerzo de crecer en la fe que vivimos, podríamos fijarnos en los cuatro domingos de adviento. El primero se centra más en la esperanza. ¿Nuestro corazón “espera” al Niño que viene? O dicho con palabras más de nuestra fe actual: ¿nuestro corazón aumenta en ese deseo de Dios, de la vida con él?

El segundo domingo de adviento se centra más en la paz. Esperamos al “Príncipe de la paz”. En este mundo tan lleno de guerras y de polarizaciones: ¿nuestro corazón se esfuerza por construir la paz? Aquí es bueno decir que la paz no es ausencia de dificultades, de conflictos. Pero sí es apertura para entender las diferencias, buscar caminos de consenso, estar abiertos a cambiar posturas, empeñarnos en construir la paz con todo el trabajo que ello implique. La paz supone diálogo, reconocimiento de los propios errores, perdón, reconciliación, memoria de los hechos para que no sucedan más, restauración, en otras palabras, un camino largo y continuo que supone constante compromiso con abrir espacios para la paz.

El tercer domingo se centra en la “alegría”. Qué nuestro Dios se haya hecho ser humano y haya compartido nuestra suerte, es motivo de profunda alegría. Nuestra vida y toda la creación es buena porque Dios se ha “encarnado” en el aquí y ahora, en la historia humana con sus avances y retrocesos. No hace falta mirar para afuera o para arriba. A Dios lo encontramos aquí, abajo, en lo humano, en la creación.

El cuarto y último domingo de adviento, se centra más en el amor. Y no es para menos. Dios, por amor, nos ha creado y nos regala a su Hijo para aprender de su vida lo que nos puede ir transformando en amor. El Niño que nace nos trae el mismo Amor de Dios hecho “carne”, “persona”, “hermano nuestro”, para poder ser hijos e hijas de nuestro Dios amor (Padre/Madre).

Cada uno de estos domingos pueden ofrecernos muchas otras reflexiones que dependerán de cada uno el poder entrar en este camino de adviento para dejarse renovar y recrear en su experiencia de fe. Pero vale la pena comenzar de nuevo el ciclo litúrgico con esta actitud porque nuestra fe, si no se renueva y actualiza, se anquilosa y cada vez es menos significativa para nuestros contemporáneos.

El pesebre nos sigue hablando de un Dios que se puso del lado de los pobres desde su nacimiento y no porque los pobres sean “buenos” sino porque son seres humanos privados de las condiciones mínimas de dignidad humana. El pesebre nos invita a hacer esta opción por ellos y a considerar que también ellos nos evangelizan (DT n. 109). Es una llamada a considerarlos sujetos sociales y eclesiales y a caminar con ellos en la búsqueda de la justicia y la paz.

“Para nosotros cristianos, la cuestión de los pobres conduce a lo esencial de nuestra fe. La opción preferencial por los pobres, es decir, el amor de la Iglesia hacia ellos (…) es determinante y pertenece a su constante tradición (…). La realidad es que los pobres para los cristianos no son una categoría sociológica, sino la misma carne de Cristo. (…) Una Iglesia pobre para los pobres empieza con ir hacia la carne de Cristo” (DT n. 110).

No nos faltan insumos para vivir este tiempo de adviento y navidad con la profundidad que exige una fe viva y comprometida. Ojalá los aprovechemos y este tiempo litúrgico pueda dar mejores frutos.