junio 12, 2024
DIOS Y EL PROTAGONISMO MISIONERO DE LOS NIÑOS Y NIÑAS

DIOS Y EL PROTAGONISMO MISIONERO DE LOS NIÑOS Y NIÑAS

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Dios siempre ha estado del lado de los y las más pequeñas y, en diversas circunstancias, ha elegido a niños, niñas y adolescentes para hacerlos protagonistas y sus colaboradores predilectos en la historia de la salvación.
Moisés, por ejemplo, era un bebé cuando fue abandonado en una cesta en las aguas del río Nilo. Sus padres no tenían otra alternativa, porque una ley impuesta por el Faraón ordenaba el exterminio de los hijos varones de los hebreos.

P. Xavier Paolillo, misionero comboniano en Brasil

El imperio ya no era capaz de controlar el asombroso aumento del número de hijos de Israel que vivían en Egipto. Se estaban convirtiendo en un problema para la clase dirigente. Las políticas de control de la natalidad, asociadas a campañas de exterminio, eran los métodos que siempre se habían utilizado para descartar a la población más pobre.

MOISÉS

Sin embargo, la vida se impuso. Las parteras temerosas de Dios desobedecieron la orden del faraón. Me gustaría destacar la valentía de estas mujeres. Gracias a su fe en el Dios de la vida, optaron por la “desobediencia civil” contra la “política de muerte” y concedieron a Moisés el derecho a nacer. Sus padres lo mantuvieron oculto durante tres meses. Luego se vieron obligados a abandonarlo en las aguas del río Nilo.

Encontrado por la hija del faraón, Moisés fue adoptado por ella. Criado en palacio, tenía todas las cualidades de un hombre poderoso. Pero la sangre hablaba más alto. A pesar de su educación en la corte egipcia, Moisés no perdió su identidad de hijo de Israel y, sobre todo, su compasión por su sufrido
pueblo. Un día presenció la paliza que un soldado del régimen propinó a un judío. Se indignó. Atacó al soldado y lo mató, cometiendo un delito muy grave que, según la ley del régimen, debía castigarse con la pena de muerte. Escapó. Se convirtió en un “fugitivo” buscado por la policía.

Huyó a la tierra de Madián y se escondió en casa de un sacerdote, donde empezó a trabajar como pastor. Pero Dios lo encontró y lo llamó. Desde la zarza ardiente le habló y le encomendó una misión: liberar a los hijos de Israel de la esclavitud. Moisés intentó salirse con la suya. Sacó una lista de excusas para escapar, pero no pudo resistir la llamada. Así fue como aquel pobre niño, hijo de una familia de esclavos, aquel muchacho tímido y tartamudo, rebelde pero al mismo tiempo sensible al sufrimiento de los demás, rechazado antes de nacer por un sistema hostil a la vida y abandonado para evitar que lo mataran; se convirtió en uno de los mayores protagonistas de la historia de la salvación porque Dios confió en él y él confió en Dios.

DAVID

La misma suerte corrió el pequeño David, el “menor” de todos los hijos de Jesé. Fue él quien fue elegido por Dios para ser el rey de Israel. Los mayores y más fuertes fueron descartados.

La elección recayó en el más pequeño y débil (1 Samuel 16). Las apariencias engañan. Dios no actúa según criterios, juicios y prejuicios humanos.

Él mira con los ojos del corazón. Quien lo ve así sabe que, tras la aparente fragilidad, se esconde un gran potencial. David fue capaz de vencer la fuerza brutal del gigante Goliat. Es un buen punto de referencia a seguir. Nunca excluyamos a los niños de la obra de Dios sólo porque aún son pequeños.

NIÑO JESÚS

Por último, es bueno recordar que Dios mismo, cuando decidió sumergirse en la historia humana, se hizo niño. Nació de un adolescente en el humilde suburbio de Belén, porque no había lugar para Él. Fue confiado al cuidado de otro adolescente llamado José, que se encargó de rescatarlo cuando Herodes decidió acabar con él.

Jesús, nombre que significa “Dios salva”, necesitó ser sostenido, cuidado y salvado por dos muchachos que, a pesar de su corta edad y su falta de experiencia, cumplieron su misión con un valor y una dedicación que darían envidia a muchos adultos.

Por último, vale la pena recordar los llamamientos de Jesús a poner siempre a los niños y niñas en el centro de la comunidad y la generosidad del niñ@ que proporciona a Jesús su merienda para hacer posible el milagro del reparto de los panes y los peces.

PROTAGONISMO MISIONERO

Qué hermoso es contemplar lo que Dios es capaz de hacer a través de la cooperación de niños que a los ojos de muchos cuentan poco o nada. Nos llena de esperanza y nos da combustible para avivar la labor de promover el protagonismo misionero de los niños. Los criterios de los adultos importan poco a los ojos de Dios. No condicionan sus elecciones. Él, las más de las veces, elige precisamente a quienes son despreciables a los ojos de los seres humanos para confiarles una gran misión. Lo mismo puede ocurrir todavía hoy. Por eso, ningún niño o niña debe considerarse incapaz de cooperar con Dios por su corta edad. Dios confía en ellos.

Al contrario, Él es feliz cuando puede contar con ellos, tanto en el anuncio del Evangelio como en la construcción de una cultura de paz, acogida, solidaridad y amor. Los adultos deberíamos aprender de Dios y dejar más espacio a los niños.

Ellos no son sólo los destinatarios del anuncio del Evangelio, sino también los sujetos de la evangelización. Tienen su lugar en la actividad misionera de la Iglesia. No se trata necesariamente de hablar todo el tiempo de Jesús, sino de aprender a abrir el corazón a Dios y a los demás, a amar, a perdonar, a servir y a ayudar a los más débiles.

A los ojos de Jesús, son los mejores evangelizadores, hasta el punto de que pide a sus discípulos que se hagan como niños para formar parte del Reino de Dios. El Maestro quiere que su pequeñez se convierta en la unidad de medida de sus misioneros, que su ternura sea la principal estrategia de la misión y que su alegría haga más gozoso y contagioso el anuncio del Evangelio.

La fiesta de la Infancia Misionera, por tanto, es una buena oportunidad para hacer crecer el celo misionero en los más pequeños. Es responsabilidad de sacerdotes y educadores contagiarles su celo misionero. Es bueno recordar que el celo misionero no es una actividad funcional, opcional y secundaria de la Iglesia, sino esencial.

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